13 de febrero de 2012

En la sabana

–¡Si fuera leona, sería león!
Cleo mira a Rebeca sin comprender, pero tampoco se detiene a preguntarle. Llegan tarde al cole.
Corre hacia la puerta del aula, que ya están cerrando, y tira del brazo de la niña. La mochila rueda a su espalda a trompicones. Con un beso rápido y un “pórtate bien” la despide antes de salir volando otra vez hacia el coche. Justo cuando va a entrar se engancha con la puerta y se hace una carrera.
Conduce entre maldiciones y busca con la mirada alguna tienda donde hacerse con unas medias. La cita con el cliente es a las 10.30. No le dará tiempo a revisar los datos antes de la reunión.
Cuando llega al trabajo, con medias nuevas, toma un café rápido frente al ordenador mientras su secretaria le pone al día. Le pide que, por tercera vez en el mes, anule la cita con el pediatra. Y que llame a la fábrica para ver si van a tiempo con el pedido de la semana. Después corre hacia la sala de reuniones tratando de recordar las cifras clave y murmura una disculpa ante los ejecutivos ya acomodados en sus asientos.
Ni siquiera come; solo un sándwich rápido mientras hace cálculos con el Excel tratando de adaptar la oferta a las conclusiones de la reunión de la mañana. Mira el reloj. Imposible. Llama a su madre para rogarle que vaya a buscar Rebeca al cole; y que luego la lleve a clase de música.
Sale de la oficina ya de noche, pero en el Súper cierran tarde: consigue hacer la compra en media hora y encargar que la lleven a domicilio al día siguiente. La farmacia 24 horas está un poco lejos, pero se le ha acabado el antipirético y ya aprovecha para comprar Lexatin.
Cuando llega a casa, Rebeca está dormida. Le agradece mil veces a su madre haberse ocupado de ella, una vez más, y llama a un taxi para que vaya a recogerla.
–No te molestes, hija, si el autobús me deja en la puerta…
–No mamá, estaría bueno, encima…
Se despiden con un beso y Cleo se derrumba sobre el sofá. Le duelen los pies, le palpitan las sienes y tiene una incómoda sensación en el estómago que tal vez sea hambre. Debería prepararse algo caliente para cenar, pero se siente incapaz. Después de un rato, se queda dormida delante de la tele.
Ya es de madrugada cuando se despierta. Rebeca está gritando.
Corre hasta su habitación, y se arrodilla junto a su cama.
–Ssssh, ¿qué te pasa?
–La puerta está cerrada. Me da miedo.
–No pasa nada, cariño. Te la dejo abierta, ¿vale? Tú duerme…
–Mamá…
–Qué.
–Si fuera leona, sería león...
Parece que ha pasado una eternidad desde que Cleo oyó por primera vez esa frase, esa misma mañana.
–Ya. Lo sé.
–¿No quieres saber por qué?
–Mañana me lo cuentas. Ahora duerme…
Cleo se arrastra hasta su propia cama. Ni siquiera se pone el pijama, solo alcanza a desnudarse. En el último instante se acuerda de poner el despertador. Tal vez mañana se le dé mejor el día. Si consigue levantarse antes…


Rebeca se despereza y busca una postura más cómoda. Con los ojos semicerrados contempla la sabana. Una leona gigantesca corre detrás de una cebra. Sus patas poderosas golpean el suelo y levantan oleadas de polvo. Los músculos se adivinan debajo de la piel canela. La cebra trata de alejarse, huye, pero la leona no cede en su caza. Es muy rápida. Rebeca lo observa todo desde la distancia. Uno de los cachorros se ha enredado con las barbas de su melena y juega a darle tirones con sus menudas garras.

2 comentarios:

Lou Perea dijo...

Si fuera leona, yo también quisiera ser león, por cierto, retiro lo que te dije, no te dejare leer ninguno de mis bodrios.
Besos

Lou

Lamardestrellas dijo...

Será que los 57 seguidores que te leen con fruición lo hacen solo para hacerte un favor... ¡Anda ya! ¿Me lo envías al mail? :)