Pedro se sentó en un banco de la calle y arrugó el gesto. Los riñones le dolían cada vez más, y la rodilla derecha se quejaba. Esa misma tarde, como mucho por la noche, llovería. María estaba empeñada en que fuera al médico: "¿Para qué, hija mía? No hay pastillas contra la vejez…".
Miró hacia el patio de colegio, allí al fondo, al otro lado de la calle. Eran las nueve de la mañana y multitud de chiquillos entraban por las puertas metálicas arrastrando sus mochilas y correteando entre empujones. Esbozó una melancólica sonrisa. El tiempo había devorado su vida en un santiamén. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Ayer mismo era un chaval que entraba por esas puertas y ahora… ahora era un viejo con dentadura postiza y más dolores que huesos en el cuerpo. Se arrebujó, incómodo, en el banco de madera. Una ligera brisa otoñal levantaba las hojas pardas y las amontonaba bajo sus pies. Se distrajo observando el tráfico, los coches que se detenían para dejar a los chiquillos frente al colegio, los que pitaban desesperados por el atasco, los que aparcaban en segunda fila…
Y entonces la vio, justo al otro lado de la calle.
Caminaba con parsimonia, en la delicadeza de sus movimientos se adivinaba un cuerpo delgado y todavía flexible. La elegancia de las mariposas. El cabello peinado hacia atrás, la cabeza erguida, un pañuelo de seda pulcramente atado al cuello, un bolso diminuto recogido entre sus largos dedos. Y la nariz respingona. Dicen que la nariz nunca para de crecer, pero la de Olga parecía haberse detenido en los nueve años, cuando la vio por primera vez. Pedro se incorporó con rapidez, olvidando sus viejos dolores, y levantó la mano.
Ella vio el gesto, y por un instante lo miró con desconcierto. Sus ojos claros se clavaron en él.
Pedro recordó entonces todas aquellas veces en que él la había mirado sin que ella se percatara. Durante años, en el colegio. La conocía al detalle: el gesto que arrugaba su frente cuando no lograba interpretar un chiste, el modo en que movía los dedos en el aire, tocando un piano invisible, cuando estaba distraída, la manera en que caminaba sin apenas rozar el suelo, como una mariposa ligera e inalcanzable, o la forma en que las gotas de agua caían sobre su espalda cuando salía de natación con el pelo mojado. Y su mirada. Esa frialdad azul que contenía un abismo inalcanzable. Raúl se reía siempre de él: "El enamorao", le llamaba. Pero él nunca se decidió a hablar con ella. Sólo aquella vez, en la fiesta de fin de curso. Acababan de entregar las notas, tras los discursos, y ya todo el mundo andaba un poco alborotado. La mayoría había recogido sus mochilas y estaban despidiéndose en la puerta. Él la vio acercarse, y de forma instintiva miró a su espalda. Pero no, no había nadie más. Caminaba ligera, como una bailarina rusa, con ese andar flexible y rígido a la vez. Cuando llegó a su altura, a Pedro le faltaba el aliento. Ella clavó en él sus ojos de nieve y, de pronto, sonrió, dejándolo indefenso.
–Me llamo Olga.
Eso fue todo. Sus amigos llegaron en ese momento como una tromba y ni siquiera supo cómo, ella desapareció.
Muchos años después, durante aquel concierto en París, volvió a verla. Fue pura casualidad, pero cuando la vio aparecer en el escenario y caminar hasta el piano no tuvo ninguna duda.
–Es ella –susurró.
–¿La conoces? –preguntó su mujer, sentada a su lado.
–Se llama Olga.
Y ahí estaba otra vez, después de tantos años. Detenida en mitad de la acera, mirándole.
Pedro no se lo pensó más, con una agilidad impropia de sus años se puso a caminar a grandes zancadas para atravesar la calle.
Ni siquiera lo vio. Sólo pudo oír el chirrido ensordecedor de los frenos y, de inmediato, llegó el golpe que lo elevó por los aires. Cuando cayó al suelo ya estaba muerto.
Olga se lo quedó mirando desde la otra acera. Su pañuelo de seda al cuello, su cabello impoluto, su frágil y elegante figura clavada en el suelo, como una estatua lejana.
–Pedro–dijo.
Y una gota de hielo cayó de entre sus pestañas.
Imagen tomada de http://laluzdetufaro.blogspot.com

6 comentarios:
Qué bello y qué bien narrada esta trágica historia de desencuentro!
besos
Jo, ¡qué velocidad! Si acababa de publicarlo... Muchas gracias, siempre ahí. Besos.
Me ha encantado! Pero qué bien escrito, y qué triste... Casi he visto esa lágrima de hielo rodando por la mejilla :-(
PD: No sé cuándo has cambiado el diseño del blog, pero ¡me gusta! Huele a playa! ;-)
¿A que está bonito? Es que tengo una amiga que, además, es una magnífica diseñadora, y se ha apiadadado de mi cutre-blog :D
Mira: http://lacallequebaja.blogspot.com
Me piro unos días y cambias de look.
No me gusta tu relato, está perfectamente escrito, cuenta sin duda la historia de amor de toda una vida, pero el coche debería haber frenado a tiempo.
Besos
Lou
Lou, ya me imaginaba que a ti no te gustaría... pero míralo desde otro lado: hay que lanzarse, hay que arriesgar, hay que subirse al tren antes de que pase de largo. Solo se vive una vez.
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