Había idealizado ese momento. Me imaginaba como una protagonista cualquiera de Sexo en NY: recostada en un sillón de cuero, almohadones recogiéndome la espalda, unas almohadillas rosa chillón, de esas de espuma, para separar los dedos de los pies, y dos o tres chicas a mi alrededor preguntándome, solícitas, si estaba cómoda, si me apetecía un refresco, una revista o un masaje cervical mientras se secaba el esmalte.
Vaaale, eran demasiadas expectativas, pero para una vez que me da por ser frívola…
Empecemos por el principio.
Estoy estresada, y por ende, descuidada. No tengo tiempo para peinarme antes de salir por la puerta de casa (para perfumarme, sí, eso que nunca falte), para cambiar de bolso y que haga juego con los zapatos, para ir de compras y actualizar mi aburrido armario, para prepararme comidas decentes y eliminar esos michelines que han cogido cariño a mi ombligo. Todo eso tiene un pase, o una solución rápida: revolverme el pelo en el espejo del ascensor, para que parezca que voy así a propósito, llevar un bolso color neutro para que vaya con todo, convencerme a mí misma de que ir de rebajas es una ordinariez o llevar un cinturón mono que fuerce mi antigua cintura. Pero lo que no tiene solución es el tema de las uñas. Puedes ir sin pintar (“qué chica tan natural”) o sin ropa interior (“qué chica más descarada”) pero las uñas decapadas en rojo siempre, siempre, conseguirán que piensen de ti “Es LO PEOR”.
Perdí la lima. ¿He comentado alguna vez que soy descuidada? Soy tremendamente descuidada, insultantemente despistada, absurdamente distraída. Lo pierdo todo, y nadie puede imaginar cuánto me irrita, pero llevo luchando contra ello cuarenta años y temo que se haya convertido en enfermedad crónica. Lo había solucionado, lo de la lima, pintándome de rojo las uñas de manos y pies (toda una osadía) para que no se notara tanto. Pero se notaba.
Una vecina me habló de un lugar que habían abierto cerca de casa. Manicura y pedicura express, rápido y barato. Especialidad en uñas estresadas y mujeres decapadas. Digo despistadas. Llamé, entusiasmada, y después de media hora para cuadrar sus horarios y los míos, conseguí cita un martes por la tarde. Y allá que fui. Pero cuando llegué, ¡sorpresa! Solo tenían apuntada la versión “manicura” en su agenda. Y decepción. Quería llevar manos y pies a juego. Qué narices, puestas a frivolizar, un fresa veraniego para compensar los calores y los malos humores. Pero no. Me limité a una manicura rápida que, según me explicó Ilia, la esteticista, tardaría en estropearse los cuatro días que faltaban para mi próxima cita de pedicura. Vamos, que no había juego, ni fresa veraniego, sino más bien una manicura francesa que contrastara lo menos posible con mis pies, todavía decapados en rojo.
La experiencia de la manicura fue… bien, más o menos. Aparte de que mi amiga Ilia me regañó porque no llevaba base y, por lo tanto, las uñas se me manchaban y era imposible quitar del todo el esmalte ("¿Base? Es que he perdido la lima…". No sirvió de excusa, siguió pegándome la bronca); aparte de que me dio un toquecito con su brazo, se me estropeó una de las uñas y, mientras la arreglaba me dijo aquello de «ten cuidado, porque no tengo tiempo de estar retocándote si te vuelves a estropear otra»; aparte de que estuvo poniendo verde a otra clienta porque se había mostrado muy poco comprensiva con que hubiera llegado un poco tarde y, total, el novio no se iba a marchar del altar, la seguiría esperando igual; aparte de que, al terminar, me volvió a regañar porque no podía usar las manos durante, por lo menos, media hora, y yo tenía que conducir de inmediato al campamento para recoger a Estrella… Aparte de eso, bien.
Quedé, pues, en ver a Ilia cuatro días después. Para compensar mi decepción reservé una hora entera para hacerme "la completa" (peeling, hidratación, minimasaje, cutículas, esmaltado y no sé cuántas cosas más). Según me explicaron, no podían darme hora a las 15:15 ó 15:30 porque las dos esteticistas cambiaban el turno justo a las 15.00. No lo entendí más allá de que no estaban dispuestas a quedarse 15 minutos más de su hora, y que si yo salía a las 15:00 de la oficina era mi problema. Si es que quería ser Paris Hilton por un día y hacerme la puñetera pedicura. Y como me había empeñado en ser frívola, y además tengo muchas horitas de más hechas en el trabajo, le dije que vale, que entonces me diera hora a las 15.00, que saldría 15 minutos antes del trabajo. Espero que mi jefa nunca caiga en este blog. Creo que ella me tiene más bien por una chica seria.
Y llegó el viernes. El día de mi pedicura. Mi ensoñación. Como soy muy despistada (¿ya lo he dicho?) llamé por teléfono para asegurarme:
–Hola, quería confirmar que tengo hora para pedicura esta tarde.
–¿Su nombre, por favor?
–Lamardestrellas.
–Ah, sí, a las 14:45.
–¿Cómoooo? No. Tenía hora a las 15.00. Antes me es imposible.
Ruido de fondo. Ella (quien sea) hablando con otra ella (creo que Ilia).
–Bien, a las 15.00 entonces.
Suspiro de alivio. Hacerse una pedicura se estaba convirtiendo en una escalada al Everest.
Salgo del trabajo a las 14:45 como una ladrona, y sintiéndome fatal (que sí, que en la tarjeta de fichaje pone que tengo horas de más, pero la verdad es que no me voy al médico con los niños, me voy a hacer la pedicura, es que cómo puede una ser tan frívola…).
Y llego allí con 5 minutos de retraso. He pasado por casa porque me he acordado de que mi vecina me recomendó llevar sandalias.
(Inciso. Ilia no me lo había comentado. Supongo que daría por hecho que me hago la pedicura todas las semanas… o que resulta tan obvio que no puedes ponerte un mocasín después de la pedicura como que no puedes embutirte un verdugo en la cabeza después de ir a la pelu.)
Llego allí, pues, y me dicen a) que me he retrasado 10 minutos (es inútil en esos casos discutir sobre cuál de los dos relojes, el suyo o el mío, está más en consonancia con Greenwitch); y b) que llego tardísimo porque tenía hora a las 14:45. Parecía una broma.
Total, pedicura express. Y ahora, permitidme que os recuerde:
Había idealizado ese momento. Me imaginaba como una protagonista cualquiera de Sexo en NY: recostada en un sillón de cuero, almohadones recogiéndome la espalda, unas almohadillas rosa chillón, de esas de espuma, para separar los dedos de los pies y dos o tres chicas a mi alrededor preguntándome, solícitas, si estaba cómoda o si me apetecía un refresco, una revista o un masaje cervical mientras se secaba el esmalte...
A cambio, tenía a la simpática de mi amiga Ilia diciendo con voz aburrida: sube el pie, baja el pie, dobla la rodilla, así no, no te muevas… Como soy taaan alta, me era imposible combinar una postura cómoda en aquella silla (no sillón) y meter los pies en el aparatejo ese con agua caliente que, a saber cuántos pies ha hecho vibrar, y que no me masajeaba más que las puntas de mis dedos, por más que me sentara al borde. En lugar de la espuma separadora rosa chillón, me metió entre los dedos una servilleta de papel hecha un rollito que resultaba bastante incómoda. Cuando me cortó las uñas del dedo pulgar obvió mi advertencia de que solían hacérseme heridas, así que ahora tengo dos dedos de los pies infectados. Y me regañó por adelantado, no fuera a ser que me rozara un dedo con otro y le estropeara la pintura. Tardó quince minutos en cortar, limar y pintar, me echó un spray que olía fatal y me dejó allí, haciendo equilibrios para no mojarme los pies con el aparato de agua que seguía bajo mi silla pero que ahora no podía rozar. Cuando por fin había encontrado el equilibrio, e incluso agradecía tener el vibrador portátil ahí para apoyarme de lado, ella decidió guardarlo. Tenía que recoger, porque acababa su turno. ("¿No terminaba a las 15?". Su silencio fue bastante despectivo). Total, que me puse en pie, calcé mis sandalias y pagué, jurándome a mí misma no repetir y muy cabreada con aquella mujer que se había atrevido a romper en añicos mi ensoñación. Y pisotearlo.
Una hora y media después me ponía las bailarinas para recoger a Estrella en el campamento. Cuando llegué a casa, la uña del dedo gordo del pie izquierdo tenía la pintura corrida. Ahora las llevo decapadas… en rosa.

6 comentarios:
1) No te sientas culpable por querer un ratito para ti: ¡¡¡¡te lo tienes más que merecido!!!!
2) ¿Hay que ir conjuntada de pies y manos? Yo no tengo ni tiempo ni paciencia para eso... Yo me pinto las uñas de los pies de color ciruela, que quedan "lejos" de la vista y nadie se puede dar cuenta de si están muy bien o no, y con dar una capa encima estamos listas! Y las manos... me muerdo los padrastros, eso no tiene solución así que mejor disimular lo mal que están, total son mías y de nadie más :-D
3) En esos sitios deberían hacerte sentir bien, y no que entramos ya disculpándonos porque no nos hemos cortado el pelo antes, hecho una limpieza de boca, retenemos líquidos y estamos fofas, etc. Oye, que te voy a pagar y casi mejor si no me insultas!!
Así que... que le den a la tía de la manicura!! coge tus colores y juega con Estrella que ya verás cómo disfruta mucho más!!
4) "Sexo en NY" es genial pero que no nos engañen: Carrie no podría pagar un par de esos zapatos y ni el forro de alguno de sus vestidos con el sueldo que debe cobrar (doy fe: mi ex es periodista y alguien de su curro echó la cuenta). Así que vayamos por "Our life in Madrid", que tb suena resultón, ¿no te parece? Y mucho menos estresante que ir a la manicura-pedicura ;-)
Abrazos isleños!
Te regalo una quedada-pedicura, yo llamo al masajes a 1000 más cercano a las 2 y te regalo la pedicura a la hora en que las 2 podemos, a partir de las 10 de la noche, ¿hace?.
Besos
Lou
Lamar, me has echo reir y pensar...y te voy a decir una casa, en la vida cada uno tiene lo que se merece....y sonará agresivo, chulesco y prepotente..las hay que cortan y pintan las uñas estresadas por dar un minuto más de su vida a un buen trabajo y las hay que hacen arte con las letras. Y que cuentan una experiencia así de forma exquisita. Lo siento por ella, se perdió una conversación contigo que le hubiera reportado un minuto de más muy gratificante....Yo me hice las uñas de porcelana una vez y juré no volver. me gusta ver a la gente arreglada, pero no es mi estilo. Yo heredé el rechazo a la vanidad, y aunque me hace falta arreglarme un poco, sinceramente prefiero leerte a tí que ir a la pelu, que por cierto hace meses que no voy, ¿por qué será? Abrazos!!!
Astrofísica, Our life in Madrid suena genial, me lo apunto... pero tampoco debe de estar nada mal ese way of life junto al mar, ¿no?
Lou, ¿abren hasta las 22,00? Entonces la próxima cena en Masajes a 1000.
Myr, no te imagino con las uñas de porcelana :) Tú estás guapa con pelu o sin pelu, no tienes más que sonreír. O mejor, reírte a carcajadas.
Mi niña, pobre, que mala experiencia!!!
Desde luego el sitio es para no volver nunca, lo que tenía que ser un momento de placer se convirtió en casi una tortura, para una vez que decides dedicarte a ti misma...
Pues nada, ya sabes, tienes pendiente una manicura y pedicura tal y como tu te las habías imaginado, porque tu lo vales!!!
Mil besos guapa!
Cris
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