26 de julio de 2011

Brecha y manguitos

Una se imagina que una brecha en la cabeza se produce a consecuencia de un golpe con alguna superficie punzante, un hierro, una madera, un plástico duro… No otra cabeza.

-Es que Ana tiene la cabeza muy dura, mamá.

-¿Y de punta?

-¿Cómo? Pues no, qué tontería… ¡La tiene redonda y con rizos!

-¿Y no llevaba una pinza, una horquilla… algo?

-Que no, mamá. Estábamos jugando al pilla-pilla, yo me había escondido debajo de una rejilla…

-¿Una rejilla?

-Sí, da igual, una rejilla. Y ella me vio y como era el torito…

-¿Qué torito?

-Bueno, es que en realidad no estábamos jugando al pilla-pilla, sino al torito, que es igual pero embistiendo con la cabeza.

-Aaah, ya.

Me sorprendió lo tranquila que estaba, tan contenta, narrándome su aventura e incluso permitiéndose el lujo de tranquilizarme:

-Es que me han puesto una tirita gigantesca, pero no te preocupes, que la herida es mucho más pequeña…

-¿Pero tú te la has visto?

-No, pero me lo han contado.

-¿Y has llorado?

-Al principio, no, cuando nos hemos chocado me ha dolido, pero no tanto. Pero luego me he llevado las manos a la frente, y me las he visto llenas de sangre, y ahí me he puesto a llorar.

-Pobrecita mía. Y le has explicado a los monitores lo que había pasado, ¿no? Y te han llevado al médico.

-No, es que lloraba tanto que no me salían las palabras. Se lo han explicado mis amigas.

-Ay, madre.

La doctora del campamento me explicó que la hemorragia estaba controlada y la herida curada, pero que convenía darle, por lo menos, un par de puntos. A Estrella empezó a temblarle la barbilla en cuanto se mencionó el tema, así que traté de tranquilizarla diciendo que a lo mejor no era necesario coserla. Pero yo sabía que sí, y me sentía un poco mal contándole esa verdad a medias. Después de ir al centro de salud y enterarme de que allí no ponían puntos y tenía que ir al hospital, darme cuenta de que no tenía las tarjetas sanitarias, llamar a N. para que me las trajera mientras yo salía volando para recoger a los otros dos, que llegábamos tarde, y pararme en una gasolinera cuando mi coche estaba a punto de quedarse tirado… llegué a la guardería.

Nada más abrir la puerta, vi a la profe de Lorenzo con el niño en brazos y un pañuelo lleno de sangre bajo su nariz. Ay, ay, ay, ¿qué ha pasado ahora?

-No sé, ha empezado a sangrar de repente. Será el calor.

-Bueno, no pasa nada, a veces le ocurre. ¿Y Mar?

-Ahí está. Por cierto, le he quitado ya las abejas y las mariposas del brazo, porque como ya no le sangraba…

-¿CÓMOOO?

Al cabo de un rato entendí que N. había llevado a Mar a hacerle un análisis esa misma mañana. Análisis que teníamos pendientes, por cierto, desde hacía semanas. Y que como a la pobre no le habían encontrado la vena fácilmente, le habían pinchado varias veces, y le habían puesto unas tiritas y unos dibujos de animales para contarle una batallita mientras se dejaba aguijonear.

Por fin llegamos a casa mis tres heridos de guerra y yo.

N. se llevó a Estrella al hospital. Le dieron dos puntos. No estuve allí para cogerle la mano y tranquilizarla, pero mi marido tuvo la delicadeza de mandarme un vídeo y una foto del momento. Casi me da un pasmo. Sobre todo porque el vídeo tenía sonido y oía a mi hija llorar desconsoladamente. Por lo visto, en ocasiones como esta, en que yo no voy al médico y lo hace él, me pongo muy pesada pidiéndole detalles (¿Le ha dolido mucho? ¿Ha llorado? ¿Era simpática la enfermera? ¿Estaba nerviosa? ¿Tú qué le decías?) y pensó que lo más práctico era enviarme un informe objetivo del tema. En fin.

Antes de salir del ascensor, mientras la esperaba en la puerta de casa, pude escuchar cómo parloteaba alegremente con su padre. Pero en cuanto la vi, y me vio, se nos saltaron las lágrimas. Qué pava soy. Y mi niña, qué valiente. No puede bañarse en la pisci durante seis días, ni lavarse el pelo (Habrá champús para lavar el pelo en seco, ¿verdad? POR FAVOR, DECIDME QUE SÍ). No le puede dar el sol. Je.

Después de todo el ajetreo, bajamos media horita al jardín. Pero cuando mis hijos pequeños se iban a lanzar a la piscina por última vez, o eso juraban ("mamá, por favor, una vez más y ya") se me cruzó un cable y grité: "¡Todo el mundo a casa. Ahora mismo!". Y es que, de pronto, me dio por pensar que alguien nos había mirado mal, y que cuanto antes terminara ese día, mejor. Así que ayer nos acostamos todos un poquito antes. Uhmm, qué bien sienta dormir y recuperar la normalidad. Ayer yo era una loca supersticiosa. Hoy soy de nuevo una loca normal, que se ha tenido que lanzar a la piscina cuando su hijo Lorenzo ha perdido un manguito y ha empezado a hundirse a cámara lenta. Eso sí, le flotaba media cara.

Qué ganas tengo de que empiecen las vacaciones.

3 comentarios:

Lou Perea dijo...

Ay, ay, para la próxima intenta que le "peguen" la cabeza, literal, hay un pegamento que evita los puntos, no sirve en todo los casos pero si cuela...
Y tú hablas de supersticiones, llevo sin cambiarme de pendientes más de dos años y medio.
Besos

Lou

Jesús Elorriaga dijo...

Eres supermamá, y te admiro. Me encantan estas crónicas. Describes como si estuviéramos viendo una película. Genial.

Cris Sevilla dijo...

Jajajajaaa, mi niña, que arte tienes contando las cosas... aunque me imagino que lo habrás pasado fatal, tanto "accidente" junto es como para pensar que te ha mirado un tuerto!!

Yo debería estar curada de espanto pq mi hijo pequeño se hace una herida todos los días, cuando no se hace 2, es tremendo, tanto que en el cole se turnan las profesoras para vigilarlo (y aún así se las hace!!) pero la verdad es que cada vez me duele como si la herida la tuviera yo.. creo que es lo que tiene ser madre...

Mil besos preciosa y millones de besitos curapupas para tus peques!!

Cris