María levantó los ojos de la bandeja y le vio. Sintió cómo el estómago se le volvía del revés y el aire se atascaba en su garganta. Siempre igual. Aquella mirada era como un tifón, la dejaba desnuda, temblorosa, exhausta.
Ella bajó los ojos precipitadamente y trató de concentrarse en la conversación de la mesa. Los compañeros hablaban sobre la clase de Ciencias y el jolgorio que se había montado en el Laboratorio… hubo algo parecido a un chiste, porque todos rieron y ella los coreó sin entender nada. Parecía que los miraba a ellos, pero en realidad sus cinco sentidos estaban puestos en esa figura que, sentada frente a ella, no se atrevía a encarar. Tenía la sensación de que él la seguía mirando, pero se sentía incapaz de confirmarlo. Un parpadeo podía resultar más gravoso que empujar una montaña. Su montaña. Diez, quince segundos después, tomó el vaso de agua entre sus dedos y levantó la mirada. Sí, allí estaban sus ojos, enormes, ásperos, oscuros, clavados en ella. Se atragantó, y empezó a toser estrepitosamente al mismo tiempo que se limpiaba la sudadera, ahora empapada. Tomás, sentado a su lado, empezó a darle golpecitos en la espalda y todos empezaron a reír de nuevo mientras le gastaban bromas. María notaba que sus orejas ardían. Otra vez levantó los ojos. Él sonreía. Se incorporó, cogió su bandeja y se precipitó hasta la salida del comedor.
Un curso, llevaba un curso entero enamorada de ese chico. Conocía sus horarios, los tenía memorizados. Los lunes y los jueves a las 10, Física y Química. Su despacho estaba en frente del Laboratorio, así que solía apoyarse en el descansillo, junto a su compañera de tutoría, y esperar para verle pasar. También se sabía de memoria su ropa: pantalones vaqueros, dos pares de zapatillas y cinco jerséis. El verde era su favorito. Al principio de curso, como todavía hacía calor, también veía sus camisetas. Por eso sabía que le gustaban los grupos de música Punk y las pelis japonesas. Alguien le había dicho que tenía un blog, pero por mucho que había buscado en la red no había sido capaz de encontrarlo. En la carpeta de Favoritos estaba su perfil en Facebook. Lo visitaba todos los días, y siempre se preguntaba qué pasaría si, un día, le invitara a ser su amiga. Probablemente él aceptara sin saber siquiera quién era. Todos lo hacían. También tenía controladas quiénes habían sido sus novias en el instituto. Se había enrollado con tres tías a lo largo del curso, pero no había durado más de dos fines de semana.
Los viernes, cuando salía de clase, solía pasar por delante de Barullo, el bar donde quedaban los de Bachillerato. Aunque hiciera frío, él siempre estaba fuera, con un par de amigos. Ella caminaba con el corazón palpitante hasta que sus miradas se cruzaban. Eran dos segundos, como mucho tres; instantes en que la montaña parecía un poco más accesible. Luego notaba sus ojos clavados en su espalda hasta que doblaba la esquina. Entonces caía sobre ella el peso de todo el fin de semana: dos días y medio sin verle, toda una eternidad. Algunos domingos por la mañana, si había tenido un fin de semana entretenido, se convencía a sí misma de que era un absurdo, una obsesión enfermiza que no tenía sentido, que nunca la llevaría a nada. Algunos lunes por la mañana se levantaba con el firme propósito de no buscarle entre los alumnos que se empujaban unos a otros a la entrada del instituto, de no esperar para verle pasar a la puerta de su despacho, de controlar su respiración cuando sus miradas cruzaran, una vez más.
Pero la mayoría de los sábados por la noche se dormía pensando en el modo en que sostenía la bandeja del comedor, posándola sobre la palma de su enorme mano, mientras con la otra llevaba la jarra de agua para toda la mesa. También le gustaba verlo reír: tenía una risa fuerte, enorme. Echaba la cabeza hacia atrás y parecía que las carcajadas llenaran el aire. Cuando se quedaba pensativo, solía morderse la uña del dedo meñique. Solo esa. Y sabía que llevaba gafas durante las clases, porque a veces, cuando salía del instituto, todavía tenía la marca sobre el puente de la nariz.
María salió del baño. Se había quitado la sudadera empapada y se la había atado a la cintura. Todavía estaba colorada, por la vergüenza y la rabia. No podía seguir así, aquello era absurdo. Era un alumno. Sería impropio. Sería indecoroso. Sería ilegal. Cinco años eran un verdadero abismo. El abismo de una montaña. Su montaña.
Miró el reloj, eran las dos y media, quedaban quince minutos para el final del recreo. Decidió ir a su despacho y tranquilizarse.
Ahí estaba él, apoyado en la puerta. Tenía la cabeza agachada, miraba su móvil, y sonreía distraído. María dudó dos segundos. Las piernas le temblaban. Dio media vuelta. En ese instante, él levantó los ojos. Sus miradas se cruzaron.
–¡María!
Qué bien sonaba su nombre en su boca. María saboreó el instante en que sus labios la habían pensado. Se dio la vuelta muy despacio, el corazón desbocado, su voluntad, agonizante. Y enfrentó sus ojos, una vez más.
Su enorme figura apoyada en la pared, sus manos caídas a los lados, expectantes, su mirada oscura y perturbadora.
Su montaña.
3 comentarios:
Qué bien describes el enamoramiento que provoca ansiedad por el prejuicio del amor prohibido. Cinco años de diferencia no es una tragedia, pero continua siendo tabú enamorarse de un alumno!Pero una mujer no decide de quién se enamora; símplemente sucede, y te hace perder la cordura o el juicio!
Ya te lo dije en su momento y vuelvo a decírtelo:
este cuento me parece maravilloso.
La montaña, su montaña.. preciosa comparación.
Graciasss
Publicar un comentario en la entrada