5 de diciembre de 2007

44 años de casados


El sábado pasado fue un día increíble. Mis tres hermanos y yo organizamos una fiesta sorpresa a mis padres. La excusa: su aniversario de bodas, 44 años de casados. La realidad, son unos padres maravillosos, que no sólo nos han dado la vida, sino que han regado nuestra existencia de dicha, comprensión, amor y respeto. Y TENÍAMOS que darles las gracias. ¿Cuántas veces olvidamos dar las gracias a las personas más cercanas? ¿Cuántas veces damos por hecho su amor, su entrega, su apoyo continuo? ¿Y cuánto nos arrepentiremos de no haber dicho lo que sentimos cuando es demasiado tarde? Creo que ahora mis padres saben que les queremos y que hemos sabido ver todo lo que nos han dado. Y creo que les hemos hecho felices. Y eso me hace feliz.

Llegaron con mi hermano. ¿La excusa? Él les hacía el favor de acercarles en coche a casa de mi hermana, un chalet en las afueras, para que pasaran la tarde cuidando a mis sobrinos. Eso era en teoría. La realidad es que allí les esperábamos nosotros (sus hijos y nietos) con un montón de amigos entrañables que quisimos que nos acompañaran en la celebración. Todos estaban ilusionados por compartir ese día con nosotros y hacerles ese regalo a mis padres. Esperamos en el salón de la casa en silencio (bueno, silencio relativo, ya se sabe, los nervios...) y a oscuras. Cuando entraron encendimos la luz y gritamos el consabido ¡SORPRESAAAAA! Mi madre empezó a reír, llorar y preguntar al mismo tiempo qué significaba aquello. Mi padre no daba crédito y no acertaba a reaccionar, estaba desconcertado. Luego empezaron los saludos y las explicaciones. Les dijimos que era por su aniversario, un número capicúa, una excusa. Cuando ya estaban todos saludados y templados los ánimos, cuando el catering empezó a servir la cena, entonces me tocó a mí (qué nervios) leer unas palabras para contarles por qué estábamos allí. Mi madre lloró, claro, yo me emocioné pero conseguí contener las lágrimas (aunque la voz me temblaba y bailaba al son de cada frase) y mi padre se mantuvo firme pero con los ojos llenos de lágrimas contenidas. Buff, qué momento. Luego ya fue todo más tranquilo, los niños subieron a jugar a las habitaciones, la música de los 60-70 sonaba de fondo y los invitados charlaban, reían, comían y entregaban regalos. Nosotros también les hicimos un regalo, un cuadro hecho por mi cuñado el artista con un collage de fotos de toda la familia (nietos incluidos). Y luego vimos el vídeo de un álbum con la historia de la vida de mis padres en tono humorístico que mi hermano había hecho para la ocasión: divertido y entrañable, sobre todo por las fotos antiguas y el recuerdo de las personas que ya no están y que tanto echamos de menos.

La fiesta fue todo un éxito, y todos volvimos a casa felices. Mis padres esa noche no pegaron ojo y al día siguiente lo recordaron todo gracias a un libro de firmas en el que todos sus amigos habían escrito algo para la ocasión durante el festejo.

En definitiva, me siento feliz por ese día y lo que ha significado. ¡Mereció la pena!