24 de abril de 2012

Cambios



La planta crecía ladeada. Desde siempre. Lucía la observó con detenimiento, como si la viera por primera vez.
–Es una planta rebelde.
–Mmm –Tomás siguió leyendo el periódico, ni siquiera levantó los ojos un instante.
Lucía tampoco le miró. Seguía con los ojos fijos en la planta, hipnotizados.
–Tal vez intenta llegar a algún lugar.  O es una desviada. Eso decían antes, ¿no? En la época de nuestros padres. Cuando no seguías las normas... Quizás es de derechas…
–¿Qué has dicho? –algún rumor del monólogo lo había sacado de la lectura, y ahora miraba a su mujer desconcertado–. ¿Quién es de derechas?
–Es igual.
Caminó despacio hasta la cocina, y Tomás se enfrascó de nuevo en el periódico. Con el runrún de los platos que ella fregaba en la cocina fue quedándose dormido. Una hora después abrió los ojos y miró hacia el sillón que había justo a su lado. Lucía no estaba.
La llamó de lejos, pero ella no contestó. Se incorporó, todavía amodorrado, y arrastró sus pies hasta el dormitorio. Lucía estaba tumbada sobre la cama y leía un libro.
–¿Qué haces aquí?
–Leo.
–Ya, pero ¿por qué en la cama? Siempre duermes la siesta en el sillón. A mi lado.
–¿Te has fijado en la planta? Ya no está torcida.
Tomás la miró desconcertado.
–¿La planta?
Pero ella se había puesto otra vez a leer, como si él ya no estuviera allí.
Regresó al salón, todavía sin comprender, y cuando iba a sentarse otra vez en el sillón, lo vio: la planta no estaba torcida.
Ni recta.
La tierra negra y húmeda estaba esparcida por el suelo; el tiesto, boca abajo en el borde de la balda y había hojas, todavía verdes y brillantes, repartidas por todos los rincones del salón: colgando de la lámpara, entre las cortinas, bajo los almohadones, detrás de la televisión, dentro de un zapato, asomadas a la ventana...


*Foto tomada de http://laartesaniamedaalegria.blogspot.com.es/

10 de abril de 2012

Una Navidad a destiempo


El jueves pasado, cuando abrimos la persiana, todo estaba blanco. El jardín, el banco del porche, la barandilla y el enorme pinar que hay al otro lado de la ventana. Lo primero que preguntó Lorenzo es si iba a venir Papá Noel. Después de una larga y pormenorizada explicación de su hermana mayor le quedó claro que no era Navidad, a pesar de la nieve... por eso insistió: "Vale, pero ¿va a venir Papá Noel?".
Mar estaba mal de la garganta, pero no supimos resistirnos a un paseo bajo los pinos. Y ahí estaba, parapetada bajo forros polares, abrigo, capucha, bufanda y braga -de montaña, que no calzoncillo, como insiste en llamarla Lorenzo-, con los ojos abiertos de par en par y gritando "¡qué bonito!" a cada paso. Claro que también gritó otras cosas, menos delicadas, cuando su hermano empezó a saltar sobre la nieve para dejar su huella y sentir el crujido bajo sus pies. Al parecer Mar clasifica la nieve en: menos bonita, bonita, y muy bonita. Y únicamente le parecía adecuado que estropeáramos la menos bonita con nuestras pisadas. Es difícil dar un paseo con semejantes restricciones.
Estrella no paseó. En la casa de al lado había una batalla campal de bolas de nieve protagonizada por combatientes de todas las edades y procedencias: primos, amigos de primos, vecinos e incluso un au pair americano que era quien marcaba la estrategia (e incluso la táctica, aunque las explicaciones fueran en inglés) y ayudaba a los soldados más jóvenes. N. insistía en que no le parecía bien eso de que Estrella pasara todo el tiempo con sus amigos y no hiciera "vida de familia", y yo me reía, por no llorar, pensando cuán dura se le va a hacer a mi marido la adolescencia de sus hijos.
El caso es que hemos pasado cinco días viendo nevar, granizar y llover tras los cristales. Además he leído tres libros al mismo tiempo, combinándolos según el ánimo; he visto muchas películas, de esas que ponen en la tele para la ocasión: antiguas, de sobremesa melodramática, frívolas y hasta joyitas de poca audiencia; he pasado largos ratos mirando el fuego de la chimenea; he comido, luego merendado, inmediatamente después posmerendado y bicenado, pero hoy es el día en que todavía no he osado enfrentarme a la báscula; he paseado en cada ocasión en que ha escampado, e incluso bajo la nieve; he llorado (pero qué bien se llora en solitario, guarecida por los pinos); he tratado de escribir algún capítulo nuevo para darme por vencida poco después: demasiado para mis neuronas en reposo; y he descubierto una nueva vocación (que espero me dure lo que la Semana Santa): la de ama de casa. Sí, sí, porque he planchado, cocinado, ordenado armarios y limpiado y ¡me ha gustado! Increíble, pero parece ser que mientras planchas eres capaz de pensar a dos por hora (en lugar de a la velocidad revolucionaria que ataca mi mente a diario y que me impide razonar nada a derechas). E incluso, en ocasiones puntuales, dejar la mente en blanco. Y eso resulta taaan descansado.
Hay quien me reprochará estas vacaciones zen mientras que ellos se enfrentan a la complicada historia de la humanidad. O a la obligada visita a la playa para acumular el primer moreno de la primavera. O a la agitada vida política. O a los oficios o las procesiones pasados por agua. Para mi descargo juro solemnemente que la vida ociosa-pez no es algo que frecuente. Y que probablemente no hubiera resitido este ritmo ni un día más de lo estipulado por el calendario laboral. Pero vamos, ¡que me quiten lo no bailao! (zzzzz).
Feliz regreso.

16 de marzo de 2012

Cuello quebrado


La Oro me decía hoy que ella es española, no sueca. Yo también. Y odio ver a alguien que conozco de toda la vida, alguien que pienso (¿pensaba?... Me lo voy a pensar) que era un viejo amigo, y comprobar cómo casi se rompe el cuello para simular que no me ha visto, y salir corriendo en otra dirección.
Eso es justo lo que me acaba de ocurrir; y oye, sí, que puede tener mil excusas: tenía prisa y yo hablo mucho; su novia (que lo acompañaba) no me aguanta; huelo mal, y eso se nota a un metro de distancia; temía que mis fieras, aunque no estuvieran a la vista, andaran cerca... En fin, posibilidades hay muchas, pero en cualquier caso, reconozco que me ha sentado mal. Sobre todo porque me estaba probando unos zapatos (de color fresa, divinos, con un taconazo de escándalo... pero esa es otra historia)  y me he quedado con su nombre en la punta de la lengua, una bota en alto y una sonrisa de idiota en la cara.

A lo mejor me ha sentado peor porque andaba con la resaca de lo que me ocurrió con otra vieja amiga hará unas tres semanas. Le escribí un SMS preguntándole qué tal le iba la vida y me contestó con un amable: "Perdona, ¿quién eres? ¡Es que no consigo ubicarte!". Es verdad que hacía mucho tiempo que no hablábamos, pero también lo es que habíamos sido muy, muy buenas amigas durante años, que yo siempre intenté mantener el contacto y, sobre todo, ¡que había firmado mi mensaje! Y no era una broma, no. De verdad no tenía ni idea de quién era yo. Pero después de identificarme me dijo la ilusión que le hacía volver a saber de mí, lo mucho que le preocupaba que perdiéramos de nuevo el contacto, lo muchísimo que me había echado de menos... Total, tanta efusión mostró, que esa misma noche le escribí un mail contándole mi vida y preguntando por la suya... Mail que, por supuesto, no ha contestado. Otra habitante del país de los reyes Gustavo y Silvia.
Pero como yo soy mucho de darle vueltas a las cosas, y buscar explicaciones donde a veces no las hay, me he acordado de que, hace poco, una compañera me comentaba que a ella no le gustaba reunirse con sus antiguas amigas del cole. Que sí, que había sido muy feliz en el colegio, que no tenía ningún trauma ni nada parecido... pero que pensar en esa época le provocaba cierta desazón, sin que pudiera razonar por qué. A mí me encanta reunirme con los viejos amigos: del cole, de la pandilla de verano, de mi primer trabajo... Yo no me haría la despistada si viera a algunos de estos amigos en un centro comercial, pero a lo mejor ella sí. Y como da la casualidad de que mi compi P. es un bellísima persona, siempre dispuesta ayudar, de risa fácil, generosa, inteligente, y una excelente persona, me da por pensar que a lo mejor no es tan grave eso de hacerse el sueco. Que tal vez haya motivos difíciles de explicar, pero fundamentados en el subconsciente. Y que girar la cara para otro lado no sea más que una una forma, como otra cualquiera, de mirar para adelante.

Dicho lo cual... si me ves por la calle, y no te saludo, no te cortes: pega un grito, llama mi atención, no te quedes con la bota en la mano. Fijo que no te había visto y me encantará saludarte.