La planta crecía ladeada. Desde siempre. Lucía la observó con detenimiento, como si la viera por primera vez.
–Es una planta rebelde.
–Mmm –Tomás siguió leyendo el periódico, ni siquiera levantó los ojos un instante.
Lucía tampoco le miró. Seguía con los ojos fijos en la planta, hipnotizados.
–Tal vez intenta llegar a algún lugar. O es una desviada. Eso decían antes, ¿no? En la época de nuestros padres. Cuando no seguías las normas... Quizás es de derechas…
–¿Qué has dicho? –algún rumor del monólogo lo había sacado de la lectura, y ahora miraba a su mujer desconcertado–. ¿Quién es de derechas?
–Es igual.
Caminó despacio hasta la cocina, y Tomás se enfrascó de nuevo en el periódico. Con el runrún de los platos que ella fregaba en la cocina fue quedándose dormido. Una hora después abrió los ojos y miró hacia el sillón que había justo a su lado. Lucía no estaba.
La llamó de lejos, pero ella no contestó. Se incorporó, todavía amodorrado, y arrastró sus pies hasta el dormitorio. Lucía estaba tumbada sobre la cama y leía un libro.
–¿Qué haces aquí?
–Leo.
–Ya, pero ¿por qué en la cama? Siempre duermes la siesta en el sillón. A mi lado.
–¿Te has fijado en la planta? Ya no está torcida.
Tomás la miró desconcertado.
–¿La planta?
Pero ella se había puesto otra vez a leer, como si él ya no estuviera allí.
Regresó al salón, todavía sin comprender, y cuando iba a sentarse otra vez en el sillón, lo vio: la planta no estaba torcida.
Ni recta.
La tierra negra y húmeda estaba esparcida por el suelo; el tiesto, boca abajo en el borde de la balda y había hojas, todavía verdes y brillantes, repartidas por todos los rincones del salón: colgando de la lámpara, entre las cortinas, bajo los almohadones, detrás de la televisión, dentro de un zapato, asomadas a la ventana...
*Foto tomada de http://laartesaniamedaalegria.blogspot.com.es/


